Miguel Jover Cerdá
Catedrático de Universidad
La innovación en España plantea una serie de problemas que son difíciles de analizar en un solo artículo, no obstante, quisiera exponer algunas cuestiones para la reflexión general, y que vienen a responder otro artículo publicado en blogacuicola.com el pasado mes de julio y que trata sobre financiación e innovación.
Entrando en materia, creo sinceramente que existe un error general de concepto, pues la innovación, intrínsecamente no necesita riqueza, los fondos públicos son necesarios para la investigación, ya que ésta “convierte riqueza en conocimiento”, pero el fin de la innovación es el contrario: “convertir conocimiento en riqueza”. Aunque evidentemente se necesita algo de riqueza para el proceso, por lo que la innovación sería un “proceso en el que se convierte conocimiento y riqueza en más riqueza”.
En este punto, es necesario aclarar que la innovación la deben realizar mayoritariamente las empresas generando nuevas ideas de negocio en base al conocimiento existente. Por tanto, la existencia de muchos investigadores no garantiza la innovación, sino garantiza el conocimiento, y es a partir de éste cuando los emprendedores pueden innovar, aunque evidentemente existen términos intermedios como la transferencia tecnológica.
Para que una empresa pueda innovar, además de conocimiento y de voluntad innovadora (que comentaré después), debe haber un entorno favorable, entorno que crea la sociedad en su conjunto y la Administración en particular.
Actualmente la situación de “triple crisis” no parece ser la más adecuada para la innovación, pero como dicen algunos autores, es posible que en el futuro la situación normal sea la de crisis, por lo que no hay más remedio que aplicarse a la innovación aunque la situación no sea la idónea.
¿Tres crisis? Si, pues además de la crisis financiera mundial, en España se superpone una crisis de “competitividad“ (nuestros costes de producción son 4-10% superiores a la media de los países del Mediterráneo según reciente informe de la FAO) y otra de “valores” que se deben superar psicológicamente para poder innovar. Hay que recuperar el valor estratégico del sector primario, ya lo decía Séneca, “la agricultura (y yo incluyo también a la producción animal y a la acuicultura) es la ocupación más digna del hombre”.
Para paliar la crisis financiera innovando (y mejorando la competitividad), la Administración dispone de mecanismos que ayudan a obtener financiación, pero hay que mejorarlos y utilizarlos.
En general, podríamos acusar a la Administración en su conjunto de excesiva burocracia, de escasa agilidad, de mucha presión, de poco apoyo, etc. Pero lo cierto es que la situación es la que es, y cuando algunas empresas tienen problemas son adquiridas por grupos extranjeros que sí ven oportunidades de negocio, evidentemente con otros esquemas empresariales.
Por ello, no podemos esperar a que se relaje la presión sobre las empresas, pues es posible que esta presión sea la situación normal en el futuro. Hay que buscar nuevas oportunidades de negocio, es decir ¡hay que innovar! ¡Es cuestión de supervivencia!
Para ello, hay dos cuestiones claves. La Empresa debe tener voluntad de innovar y la Administración debe crear ilusión, pues doy por supuesto que los Investigadores estamos creando conocimiento (aunque no siempre totalmente aplicable).
En el caso de la acuicultura española, desde todos los ámbitos se dice que es un sector importante, que somos los primeros productores de la UE (en cantidad, pero no en valor), y que tiene mucho futuro (pero hace unos días, la Administración ha corregido en un 30% a la baja las previsiones de producción acuícola marina para el 2015), pero ello no se ve materializado en realidades (otros países nos superan en producciones y en competitividad, aunque hay que reconocer que no siempre es leal).
Sería bueno que se considerara a la acuicultura como un sector estratégico, y que se produzca un “pacto de estado” ente los tres actores principales – Empresa, Ciencia, y Administración – para potenciar su desarrollo y lograr que en breve se a un sector de presente y no de futuro.
Volviendo al artículo, es cierto que somos muchos investigadores en el sector acuícola, y que existe cierta desconexión, pero esto es inherente al propio investigador, que se centra en investigar lo que más le gusta, en lo más útil para hacer currículum, o en aquello que le financian, y quizás sea necesario que alguien nos lleve por el “buen camino”.
No obstante, también hay que reconocer que la calidad de la investigación acuícola española es muy alta, se participa en proyectos internacionales de alto nivel y se publica en las mejores revistas científicas del mundo, pero no es suficiente, para ayudar al sector productivo, es necesario que parte de la investigación sea “aplicada o finalista” de forma que pueda haber una transferencia tecnológica adecuada (pero esto ¡todavía no es innovación!).
Para ello, lo primero sería establecer las necesidades tecnológicas, detectar los problemas productivos del sector e intentar buscar soluciones, y este es el objetivo final de la Plataforma Técnica Española de la Pesca y la Acuicultura (PTEPA), en la que el Grupo de Trabajo de Acuicultura está intentado concretar dichas prioridades, aunque según mi opinión sería necesaria una mayor participación de las empresas de producción.
Hay que establecer las actuaciones prioritarias que pueden mejorar la competitividad del sector (por ejemplo, conseguir que la dorada alcance los 500 gramos en 12 meses con un índice de conversión de 1,5) y dirigir toda la investigación hacia este objetivo (mejora genética, reproducción, nutrición y fabricación de piensos, etc).
Una vez identificadas las distintas necesidades tecnológicas (estimación de biomasa, transformación de productos, especies de rápido crecimiento, métodos de sacrificio, etc), se deben priorizar según el impacto económico final (¿cuál sería el beneficio empresarial de una dorada que crezca en 12 meses y convierta a 1.5? según mis estimaciones se ahorraría en torno a 0,5 €/kg), después destinar fondos para las seleccionadas, y organizar a los diferentes grupos de investigación para acometer las diferentes líneas del proyecto. Creo sinceramente que con este planteamiento podemos hacer que nuestra acuicultura sea mucho más competitiva.
Este aspecto de la “investigación más desarrollo” (la I+D) o de la “transferencia tecnológica” está claro, pero la innovación es otra cosa, pues no dispone de método, hay que innovar en cada caso según las circunstancias. Para ello, alguien debe conjugar el conocimiento existente y la realidad empresarial, para buscar nuevas oportunidades aplicando dicho conocimiento a la mejora de los procesos de la empresa.
Este tema es delicado, pues los investigadores somos conscientes del conocimiento que existe, pues en parte lo generamos, pero no conocemos la problemática empresarial, y por otra parte, los empresarios y los técnicos conocen la empresa, pero no controlan todo el conocimiento existente, por lo que hemos llegado a la paradoja de la disfunción ciencia-empresa que se plantea reiteradamente en todos los foros.
Para salir de la encrucijada no queda más remedio que 1) la empresa contrate científicos en plantilla para que aplicando el conocimiento científico se pueda generar innovación, 2) los científicos creen empresas para innovar (solo posible en sub-sectores muy tecnológicos) y 3) la administración fomente la estancia de científicos en las empresas para conocer la problemática real, y pueda transferir conocimiento y hacer efectiva la innovación (hay algunos tibios intentos en alguna convocatoria, pero no resultan demasiado atractivos).
Creo que la tercera opción es la ideal, pues pone a la “Triple Hélice” a trabajar conjuntamente. No obstante, se necesita un cambio de mentalidad de los científicos y los empresarios. Por una parte los científicos debemos de cambiar el cómodo laboratorio por la planta de producción o el barco, aplazar la publicación en revistas de impacto (yo creo que se pueden compatibilizar), e intentar comprender las necesidades de la empresa.
El empresario debe también abrir sus puertas y confiar en el científico, hacerle partícipe de los problemas técnicos de la empresa y buscar nuevas oportunidades.
Claro está que la Administración tiene también que favorecer esta unión, mediante las ayudas fiscales a las empresas, los estímulos a los científicos, etc. Pero sobre todo creando ilusión en el sector, y también fomentando el consumo de pescado de acuicultura en la sociedad (no debemos olvidar que la balanza española de pescados es negativa en 2.556 millones de euros), pero ese es otro tema.
Como conclusión, para innovar hace falta algo de dinero, pero hace más falta un entorno adecuado, y una clara voluntad de innovar.